Un paseo matinal en Vélez, agosto 2021

Me doy cuenta de que pintar paisajes con agua se hacen muy atractivo para la acuarela. Un lago, un río, el mar. Pero yo me encuentro lejos de cualquiera de estos paisajes naturales. No es mi día a día, aunque puede que llegue el momento.

He pintado acuarelas de un paisaje de agua en reposo. Me he fijado en una foto, en una idea, y lo he hecho. Pero esta no es mi realidad ahora.

A finales del mes pasado de agosto pensé “tú dibujas y pintas tu realidad, Olga. El entorno que tengas más a mano, aquello que esboza tus días o con lo tú que esbozas tus días.” Así que cuando esté cerca de un mar, pintaré el mar, si me llama la atención hacerlo, si me significa algo hacerlo. Cuando esté cerca de un lago, haré lo mismo. Cuando esté cerca de un río, haré lo mismo.

De momento mi entorno son los seres con los que convivo y los lugares en los que convivo con todos esos seres. Cualquiera de estos entornos van contando mi vida, o yo voy contándola mientras transito cualquiera de estos sitios en los que existo y soy la persona que soy a cada momento. De momento, en ninguno de estos entornos está el agua.


Este apunte de acuarela está hecho en un papel de abocetar. No es el soporte más apropiado para pintar con acuarela, pero por el motivo que sea me encanta hacer de vez en cuando apuntes de acuarela o aguada en el papel menos indicado para estos materiales. El hecho de que el resultado final sea el de un papel arrugado, le da un toque de imperfección, y también de espontaneidad. Es el tipo de ilustración que me pide ese pensamiento que llega para quedarse solo un instante.

En cuanto al motivo de este apunte, hay algo de sincero, de tranquilizador en dibujar un camino, un movimiento hacia delante. Hay algo de esperanzador cuando dibujas a los seres de espaldas avanzando, progresando. No siempre es un alejamiento, sino la posibilidad de dejar ir, de dejar que vivan en paz.

No se me ocurrió pensarlo

DARSE CUENTA
Escribir algo cuando pasa el tiempo.
Busco un diálogo en el que mi voz escuche.
Necesito escuchar y sentir que vale la pena.”
Anotación (5 de mayo de 2021) y apunte en acuarela (21 de abril de 2021)

No se me ocurrió pensarlo. No se me ocurrió pensar que porque hay un asunto pendiente en la vida, se hace complicado expresarte por escrito como desearías hacerlo. Se hace complicado porque el asunto se enquista y es precisamente de ese asunto de lo que trataría aquello que escribirías. De modo que callas y la escritura deja de ser tu apoyo.

Podría explicarme mejor.

Normalmente se dice que un escritor escribe acerca de sus temas. No importa si se trata de ficción o de no ficción, si se trata de un género u otro, cualquier cosa escrita, cualquier cosa expresada, tarde o temprano busca el tema que quiere ser expresado.

El individuo que construye historia a través de la escritura, de la pintura, del cine, del arte que sea, intenta tratar sus temas de vida; expiar sus temas; relatar sus historias personales, o bien arrojarlas a un abismo intangible y alienador como es la creatividad. Esto, que puede ser consciente o inconscientemente, lo hace para poder tomar perspectiva, para poder seguir viviendo con normalidad, o con cierta normalidad. De ese modo, en un mundo paralelo e interior los temas adquieren la posibilidad, la capacidad de tener vida propia y resolverse, redimirse, desvanecerse, o en el mejor de los casos, mejorarse. En cualquier caso, son formas de sobrellevar la vida.

La cuestión es que no siempre se está dispuesto a volcar los asuntos de la vida en la creatividad, por miedo, por inseguridad, por falta de claridad, por, y principalmente, un sentimiento de culpa injustificado. Es el mal de la sociedad y de las religiones, que a la par son creación del conjunto de los individuos. En mi caso, claramente es el mal de una mal interpretada educación judeo-cristiniana, y también, una acusado sentido de la responsabilidad. Lo cual no me hace ser una buena persona; podría ser la peor de las personas. Simplemente me ha hecho ver las cosas desde un prisma que no es del todo correcto. Un prisma desde el que tendía a justificar los actos de los demás antes que los míos a la vez que sobrellevaba una rebeldía interior. Eso solo conduce a estado de enfado controlado. Qué peor estado puede darse en un individuo que el de un enfado controlado. No lo sé, pero te aseguro que no es bueno. Está bien ver los ángulos desde los que los demás se sitúan, pero en algún momento debes situarte en uno, en el tuyo propio y enfrentarte a tu emoción, a tu sentimiento, a tu única perspectiva. Lo contrario es volverte transparente, y volverte transparente supone perder credibilidad, especialmente ante ti mismo, y perder fuerza; supone perderte, desparecer, desvanecerte.

En estas condiciones la creatividad no puede recoger nada. Pierdes existencia. Los asuntos de la vida y tus sentimientos, convicciones, pensamientos, pierden consistencia. No hay nada de lo que puedas escribir, porque el tema sobre el que podría versar tu vida como escritor, no toma ninguna forma definida o medio definida. Ante esta tesitura, se produce la huida, la necesidad de liberarte, de escabullirte, la distracción de los temas que determinan tu experiencia.

Sin unos temas propios, se soslaya la experiencia, y sin esa experiencia no hay historia que podamos contar, salvo que la copiemos. Aun cuando la copiemos, solo será eso, una copia sin alma, porque será una copia de la historia de otro individuo; una mera convención. No habrá matices propios de nuestra historia personal e intransferible, de esa que nos hace únicos.

Uno se da cuenta de que esto es así cuando a mitad de camino de su deseo de escribir, decide que no puede escribir más porque aquello de lo que podría hablar su cabeza se empeña en silenciarlo. Ante este silencio, la creatividad también se queda muda. A esa mudez, muchos lo consideran un bloqueo y se buscan mil formas de romperlo; se inventan artificios, técnicas, prácticas que no emanan del propio individuo. Y puede que el resultado de aplicar tales remedios sea bonito, o que parezca interesante, que estéticamente cumpla con los requisitos del canon, o que encaje en los parámetros de lo que se considera novedoso, rompedor. Pero que sea bonito, que parezca interesante, que estéticamente cumpla con los requisitos del canon, o que sea novedoso, rompedor no tiene nada que ver con ser personal, con nuestra historia personal e intransferible, con aquello que nos hace ser únicos en cada cosa que hacemos. No, no es un bloqueo innecesario; es un bloqueo totalmente necesario. No deseamos escribir porque lo que realmente queremos contar no fluye con naturalidad. Es un mecanismo de autodefensa.

Y he aquí que de pronto, ese asunto de tu vida que no se resolvía se va resolviendo. Se abre una puerta que estaba entornada para evitar un dolor que no era bienvenido, o una realidad que no estábamos dispuestos a asumir. Se abre la puerta y se abre de golpe, con la fuerza de una corriente de aire. El asunto de tu vida se hace visible, puedes hablar de ello, puedes escribir de ello, o no, pero ya no lo evitas, no huyes. Está ahí y te alimenta para ser quien eres en lo que haces, en lo que escribes. Te da fuerza. Encuentras el tono de voz que precisas para narrar, para contar, para elidir, para adornar. Tú y tu voz sois uno en la expresión escrita. Por fin eres libre.

Las comparaciones

Es de esas veces que quisieras decir algo y, sin embargo, no encuentras la forma o el tiempo para expresarlo, para desarrollarlo. Tiene que ver con la ocupación de la mente, con su agotamiento o con un estado de alerta, o de calma inducida. La cabeza necesita borrar, vaciar, limpiar para prestar atención a lo que le ocupa en el presente, sobre todo, si se trata de tener que resolver algo. No es resolver cualquier cosa, es resolver para comenzar una vida totalmente diferente. Esta calma inducida es requisito para poder funcionar sin que te afecte el hecho de que hay cosas que no desaparecen hasta que las resuelves o se resuelven. Y yo tengo algo que resolver.

Como no encuentro la forma de expresar esa cosa, me voy a entretener un poco solo con una reflexión —apenas es una reflexión— sobre el árbol de los farolillos.

El árbol de los farolillos es un árbol que da unos frutos en forma de cápsulas que empiezan por ser verdes y van volviéndose marrones doradas en el otoño. Pero no hemos llegado al otoño y ya están marrones. Caen como racimos por encima de las ramas y hojas. Son una lluvia de bronce y cobre.

Están rellenas de unas semillas de color oscuro y verdaderamente parecen cascabeles.

El pasado otoño me quedó pendiente hacer algún apunte de este árbol, de sus hojas y frutos, y hace tres días volví a descubrirlos con su color prematuro de otoño. Me dije entonces que era el momento.

Siempre hay un momento para cada cosa. No llega antes ni después, sino cuando llega. Por más que se piense en retrospectiva acerca de la vida, tengo la sensación, y no puedo ponerme categórica en esto, de que las cosas llegan cuando necesitan llegar. Los escenarios cambian. No sirve de nada creer que algo debería haber sucedido antes o después, desde la perspectiva presente. Todo aquello ya ha pasado y la persona que eras también.

Las comparaciones en el tiempo son extrañas. Invitan a crear una realidad que no fue tal y a olvidar lo que realmente fue.

El año pasado quise dibujar el árbol de los farolillos, pero no lo hice; hace tres días no tenía intención de hacerlo, no lo buscaba, pero me llegó el momento y lo hice.


Y en cuanto al dibujo en sí, me resulta muy agradable contemplar el contraste entre la acuarela y el objeto real. No es una comparación. Nunca querría atrapar la naturaleza en lo que hago, no podría. Y no es cuestión de si lo que hago es bueno o malo, simplemente no persigo atraparla. Lo que surge de su contemplación, el dibujo, es una respuesta a lo que veo. Una mera impresión y un gesto de agradecimiento.

Árbol de los farolillos – Mesa de trabajo

Mejor no intentar parecerse

Es mejor no intentar parecerse a algo, a otros, porque en el intento puedes alejarte demasiado de lo único que te define como persona, como individuo. No que la definición sea el objetivo de la vida, pero peor es la indefinición, sobre todo para uno mismo.

No hay nada más concreto que intentar retratar a una persona. Más allá de si quieres intentar un estilo u otro, una técnica, un material, debería estar el hecho de que estás retratando a una persona. La estás mirando, te fijas en sus gestos, en los detalles de su piel, en cómo la luz incide en su cara, en los pliegues de su tez. En si tiene un perfil más atractivo que otro. Curioso que cuando dibujas un rostro, te parezca que hay asimetrías que debes salvar. No debería ser así. La asimetría es lo que define el rostro de la persona que dibujas, y por ende, te define a ti también.

Suele llamar la atención la creación de un efecto, el resalte de lo hiperreal, o bien que con solo una línea de garabato, consigas diseñar una personalidad. Porque se trata de eso, de la personalidad, la historia personal que hay detrás de ese rostro. Entonces entras en la inercia de parecerte a aquello que se supone que está bien hecho o que los demás quieren ver para poder apreciarlo. Un camino parecido al camino de la validación de las cosas. El realismo es bueno por el hecho de ser más real. La improvisación, el desenfado, son buenos por el hecho de romper las reglas. Acércate a ese realismo para ser aceptado por la mayoría, acércate a la improvisación o el desenfado para ser aceptado por la minoría. Una actitud u otra vale si quieres que te vean; moverte en un sentido u otro, que no el propio, para parecerse a algo o otros a costa de la indefinición.

Los retratos que aparecen en esta entrada no tienen nada de personal en sentido estricto. Han sido hechos tomando como modelos a personajes de revista. Cómo, si no, accedes a una persona para dibujar su cara. Ah, cómo me gustaría que fuera así, tener la oportunidad de que el tiempo se estancara en la visión de una cara, con su gesto, con su luz y su sombra, sin tener que pagar por ello y sin tener que exponerme a su impaciencia o su fastidio porque lo esté simplemente contemplando y queriendo extraer, de entre las líneas que componen su faz, la historia que esconde, que alberga, que cobija. Pero la posibilidad es escasa y me conformo con modelos de revista. No está mal. Puedes jugar con la imaginación, pero no son verdaderamente tus ideas; debe concerderse crédito a la imagen que ha realizado determinado fotógrafo y entonces escapa a tu unicidad. No está mal. También se disfruta a su manera, en la realización, en la búsqueda de tu propia visión y capacidad. Aun así…

Sí, hay retratos que llaman la atención por su técnica, y porque nos pasma la sensación de realidad en sus trazos o pinceladas, como también nos llama la atención la espuma que sube, la luz que ciega, la sombra que oculta; pero yo necesito alcanzar ese instante que se alarga en plena recuperación de los sentidos y estar alerta a los cambios que se producen a cada segundo en una cara mientras la miro e intento verla para después enterrarla tal cual en un papel o en cualquier soporte que lo aguante.

Para retratar a un individuo quiero por lo menos asomarme a su definición desde mi capacidad y perspectiva, y no intentar parecerme a algo o a otros, pues en el intento puedo alejarme demasiado de lo único que me define a mí también. Aunque aquello que me define sea de la aprobación de muy pocos o de nadie.

Apuntes de Salobreña, Granada – Agosto 2021

No se puede estar en todas partes. Eso de “en misa y repicando”. Por eso quizá la idea de tomar apuntes de una experiencia ayuda para continuar en ese lugar donde tomas los apuntes y en el de regreso, en casa.

Para ello, para tomar apuntes, necesito hacer fotos. No soy de las que se llevan la libreta a todas partes. Una vez lo fui, pero para escribir, y ya ni siquiera me llevo la libreta de escribir.

Cuentan que para vivir la experiencia, para estar verdaderamente en un lugar, hay que estar ahí en contemplación, disfrutándolo o sufriéndolo, pero estar ahí sin hacer nada por registrarlo. Eso cuentan en la filosofía del estar presente. No que yo esté de acuerdo con ello, pero de un modo u otro, sin recoger consejos, he dejado de llevar libretas por el “por si acaso”. Me he cansado. No voy sola a ciertas experiencias. Normalmente estoy en compañía para salir. Antes salía sola y me alejaba del hogar para llegar a alguna parte y tomarme un café o hacerme con algo que se me antojaba; podía ser un simple lápiz. Ahora no me alejo de casa. Salgo con mi perra o salgo para hacer la compra o salgo con mi marido. No es miedo a estar sola, es encontrar un motivo para salir, que tampoco busco. Y cuando digo antes y ahora, no me refiero a que es este un estado en el que me vaya a quedar para siempre —qué palabra tan tremenda, “siempre”—, sino que era antes y es ahora. He entrado en un período de tiempo en el que los motivos para socializarme, salir, buscar, experimentar, los encuentro en mi hogar con lo que hago o con lo que contemplo. Es uno de esos estados en los que resultas convaleciente de una enorme etapa de convulsión. Un estado en el que después de haber percibido durante largo tiempo un movimiento incesante, como de marea interior, de pronto se detiene todo en tu conciencia y descansa. Tu cabeza está aturdida y quiere descanso. Al cabo se transforma en un pequeño arrastre de movimiento como para no desestabilizar cierta sansación de paz, incluso en la preocupación o en el rechazo de las cosas; no tiene por qué ser a consecuencia de algo bueno.

Recuerdo cuando tenía la menstruación. Los días anteriores al momento de sangrar, me arrastraba una sensación de peligro, de que algo malo estaba por venir. No siempre era así, pero solía ocurrir. Cuando ya por fin me di cuenta de que las hormonas son capaces de poner el mundo bocabajo, fui capaz de apreciar ese momento. Pero había especialmente un instante, ese instante del primer sangrado en el que de pronto parecía que todas las células de mi cuerpo entraban en letargo, un instante en el que podía querer acurrucarme en mí misma y dejar la vida pasar. Era un auténtico estado de lucidez y yo no lo supe entender entonces. Ahora que no tengo la menstruación lo comprendo. Ahora los síntomas son diferentes, pero gracias a comprender la función de las hormonas —y no lo digo en un sentido biológico— entiendo que solo se alteran, que solo salen a batallar, cuando no soy capaz de identificar los momentos en los que debo dejar ver la vida pasar. Contemplar y vivir; vivir para contemplar. En estar y ver, también actúo. En estar y ver la vida, no entra la posibilidad de llevar una libreta a cualquier parte, estar pendiente de si la llevo o no, para tomar apuntes de esa misma vida que estoy viendo pasar.

Así que tomo fotografías de lo que veo, y lo que veo suele estar de espaldas. Porque esa es otra cuestión. No me me resulta agradable estar de frente a las personas para dibujarlas sin que ellas lo sepan o me den su permiso. Y no me sale hacerlo a hurtadillas y con la suficiente agilidad para dibujar con rapidez lo que veo. Las personas se mueven, a no ser que estén sentadas delante de un café o en un banco de un parque leyendo. Todo, además, depende de qué quieres dibujar. A mí me gusta particularmente los gestos, me gustan los retratos. Me gusta poder captar detalles de un gesto en la cara. Si me sitúo lejos del modelo, de la persona a la que veo, no alcanzo a ver ese gesto.

Las posturas son interesantes, es cierto, pero son posturas que prácticamente se repiten, y comunes a las personas. Más bien me fijo en una composición de persona y entorno, si es que no alcanzo a ver la cara. Es una sensación de la atmósfera. No puedo captar todo eso en un instante. Necesito llevármelo a casa. Son formas de abordar el dibujo o la pintura. Como también me ocurre con la escritura. Necesito alejarme de la situación.

Los apuntes que han asomado entre estas palabras los hice de fotografías tomadas de mi estancia en Salobreña. De esas pocas y breves estancias fuera de mi hogar. Son las escenas que pude captar desde mi toalla en la arena de la gente que estaba a mi alrededor. Mientras los hacía me daba cuenta de la disposición que adoptamos las personas en la playa. Nos ponemos todos frente al mar. No sé qué miramos. Porque puede que en un momento dado miremos el mar, pero el resto del tiempo miramos otra cosa; es una dirección de la mirada de espaldas a la tierra, de espaldas a lo que dejamos atrás. Nos retiramos. También es cierto que la inclinación de la playa hace incómodo sentarse o tumbarse en dirección contraria, pero de algún modo nos vemos atraídos a situarnos de espaldas al interior.

Hay algo de vulnerable en la visión de una persona de espaldas. Nos hace ser más sensibles a su situación.

Me planteo escoger alguno de estos apuntes y llevarlo a la acuarela, o al acrílico o al oleo, pero después me digo que deben quedarse así.

Sí, prefiero dejarlo así. El conjunto es lo que necesito ver.

Paisajes del parque por estaciones – Verano 2021

Hay algo en la contemplación de la luz que detiene el tiempo.

Las acuarelas que publico en esta entrada pertenecen a mis paseos por el parque del Retiro, en Madrid. Del año 2020 al 2021 he podido observar el cambio de las estaciones a través de sus formas vegetales; pero sobre todo lo que he podido observar es el movimiento de la luz. La luz se mueve y al mismo tiempo está quieta. Las sombras son el contrapunto a su movimiento. Es cierto que el movimiento de la luz se demuestra por el movimiento de las sombras, pero a mí me gusta pensar que la luz en sí misma se mueve y que no es necesario ver la sombra para percibirlo. Es un movimiento temporal. El brillo en la hoja, en el tronco, en la flor, las diferentes tonalidades de una gama de colores. Un día llueve y el verde de una hoja no es el mismo que cuando brilla el sol; pero, sobre todo, cambia entre estaciones, porque no es lo mismo un día de lluvia en primavera que un día de otoño, ni siquiera en verano. No es lo mismo, porque el verdor de una hoja en primavera es un verdor inmaduro, fresco, vibrante o tímido, y el verdor de una hoja en verano es paciente como lo procura ser todo durante el estío, como forma de soportar el calor. Puede que incluso en la falta de agua, se adelante prematuramente el otoño, de modo artificial pues no es otoño realmente.

Troncos de arce plateado sobre hierba

La luz es ese fenómeno que nos permite ver las cosas, la luz se mueve y danza y juega a acercarse o a alejarse según el momento del año y entonces los matices de los colores cambian, mudan. Nada es nunca lo mismo. El tiempo parece ser circular y repetirse, pero los ejemplares son diferentes en sí mismos. No hay tronco igual, ni hoja igual; solo comparten características de la especie a la que pertenecen.

Hice estas acuarelas tomando como modelo fotografías propias. Normalmente hago varias tomas para elegir aquella que puede luego ayudarme a percibir mejor lo que quiero captar en el apunte. Despues, cuando lo dibujo o lo pinto procuro trasladarme mentalmente al lugar donde hice las fotografías; sentir lo que sentía, ver, con ojos cerrados, lo que veía.

Árbol del amor y de fondo plátano de sombra, castaño de Indias sobre hierba y hojas secas

Aparte de mi deseo de captar la luz, también está el deseo de que, por más que resulte abstracto, pueda atisbarse de algún modo la diferencia en la vegetación, entre las propias especies. No es lo mismo un plátano de sombra que un castaño de Indias; no es lo mismo un árbol del amor que un peral o un almez; no es lo mismo un eucalipto que una secuoia. Arbustos, árboles, hierba, permiten componer una armonía donde cada cual aporta su forma, su luz y su sombra.

Árbol del amor, eucalipto y plátano de sombra sobre hierba y senda de tierra

Posiblemente no sea fácil identificar de qué ejemplar se trata, puesto que, en apariencia, la acuarela permite poca definición en su ejecución, pero para mí si cuenta saberlo. Lo de que la acuarela permite poca definición no es del todo cierto. Me refiero a que permite poca definición según el estilo de quien aborda el trabajo. En mi caso, necesito insinuar, que no perfilar la idea que retrato de la naturaleza, de modo que cuando las vuelvo a mirar, me transmita la sensación que tuve al ver el modelo en vivo. Habrá quien, en su ejecución, logre distintas definiciones, incluso alcanzar un hiperrealismo no solo supeditado a otros materiales u otras técnicas.

Copa de castaño de Indias

En cuanto a qué siento cuando las veo una vez acabadas, y, especialmente, después de un tiempo, siento que vi eso, que estuve, ahí, que cuenta una parte de mi historia, más de lo que podría contar con palabras, y siento, siento que pasa el tiempo, que me llevé un trocito de tiempo y que me alegro de haberlo retratado. No es una memoria, es una huella de vida sin conciencia, solo existencia conforme a lo que vi. Suelo por ello, exponerlas, como el resto de trabajos pertenecientes a otros momentos vividos, en un mismo lugar de mi cuarto de trabajo durante un tiempo para poder mirarlas antes de guardarlas, para ver qué me cuentan.

Almez, perales y castaño de Indias sobre hierba

Quedarme

Lo que más me gusta de haber salido de mi casa es comprender lo mucho que me gusta estar en ella. Ya no digo regresar a ella, sino quedarme.

Debe ser la edad, debe ser la experiencia vivida y todos estos tópicos que resumen lo que queremos decir sin extendernos en explicaciones, debe ser cualquier cosa menos ser falso. La verdad y mi certeza es que cada vez siento más que se me ha perdido nada lejos de mi casa. No significa que no me interese la realidad de otras personas que estén lejos de mi entorno, pero no voy a detenerme en dirimir este pensamiento.

Esta última salida de mi hogar me ha servido para algo al menos. Me ha servido para fortalecer un sentimiento. Cada vez que me alejo de mi centro, necesito un hito en el camino, un movimiento que me haga volver sobre mis pasos y detener el tiempo en ese momento en el que comprendo que estoy disfrutando con lo que hago, con lo que soy y con lo que tengo. Siento una gran paz interior al comprender que no necesito nada más que lo que alcanzan mis ojos o mis sentidos. Viajo en el espacio de mi mente, me veo vagar libre y extraer de este viaje interior un enorme beneficio que me permite dibujar, escribir, leer, observar y estar tranquila. Le doy gracias a aquello a lo que tenga que darle gracias por permitirme llevar esta vida que llevo. Vivo con mi mejor amigo, mi marido, en un tranquilo hogar, y dispongo de herramientas para crear formas o expresarlas a la manera que quiero en el dibujo o en la pintura, en la escritura, y en las tareas más prosaicas pero necesarias para vivir, como cocinar, abastecer, cuidar.

No, no quiero viajar, salvo por la necesidad que surja. No quiero viajar para asomarme a los mundos desconocidos porque estos nunca serán mi hogar. Mi hogar está ahí donde vivo. Me gusta saber que otros pensarán y sentirán lo mismo acerca de sus hogares. Me gusta saber que de ese modo nos comunicamos en la distancia, en la comprensión de esta necesidad de estar cerca de sus hogares. No hace falta viajar para comprender algo tan simple.

Voy a comentarte otra cosa que no tiene nada que ver con lo que acabo de contarte. ¿Cómo he podido conocerme tan poco hasta ahora? Cada día que pasa se refuerza esta certeza, aunque imagino que será una sensación que ascenderá para luego descender. Llegará el instante en el que dejará de sorprenderme y dejaré de preguntarme. De momento sigo haciéndolo y puedo decirte que me gusta sentirme sorprendida. Me hace sentir muy viva. Ese “cómo he podido conocerme tan poco” es casi una espifanía. Un descubrimiento que me aleja del complejo, del pasado del que he querido alejarme. Prácticamente parece que el pasado perteneciera a la oruga que fui antes de quedarme en mi capullo de seda. No sé todavía si saldré de la crisálida, y creo que no quiero salir. La incubación es el estado más real de un momento de creación. En ese momento no importan los resultados y todo está latente y puedes dejarte llevar sin cuestionarte y sin incurrir en la apetencia de darte a conocer, de que te aprueben, de que te reconozcan. No es importante si eres buena o mala en lo que haces, importa que lo haces, que “eres”.

Perdona si hay errores en el texto, prefiero ir de corrido o podría empezar a censurarme. Esto último no pertenece a ese estado de latencia.

Este dibujo en tinta lo hice inspirándome en una imagen de  Amaya Eguizábal (en Pixabay)

Un inicio con tomates

He escogido el último de mis trabajos para esta entrada porque tiene un peculiar significado. Mientras lo hacía se me ocurrió que podía grabar el trabajo en proceso y entonces puse la cámara del ordenador en marcha. El problema fue que al cabo de unos minutos de estar grabando, la pantalla se me iba a negro. Después de varios intentos descubrimos, mi hijo descubrió, que el problema era la conexión de la pantalla. La cambiamos a HDMI y funcionó. El valor de esta anécdota es que en un pasado y no remoto, una situación así me habría hecho desistir en el empeño, y no por el percance tecnológico. Me refiero a que en el transcurso de todo ello me lo habría repensado con seguridad. Habría desistido, me habría dado cuenta de lo poco que me interesaba o de lo inútil del acto. Este sentimiento no procedería de la pieza que estaba dibujando en sí, sino de la ausencia de una convicción. La convicción de querer mostrar el trabajo. De no saber qué sentido tenía el conjunto de tanta insistencia y preparación. Ese “para qué” que anula la voluntad y que confunde la realidad de cada cual. Qué importancia tiene preguntarse “para qué”; la pregunta debería ser “por qué no”.

El dibujo en acuarela que ves aquí es el resultado de esta sesión accidentada. En cualquier caso, estuve concentrada. Le he sacado partido aprendiendo a editar el vídeo para su supuesta subida aquí y allá y no me he cansado de él, ni del trajín que ha conllevado. Buena señal. Para mí es buena señal.

Lo importante es la perspectiva para el punto de partida, y de ahí que haya tomado este trabajo y sus circunstancias como punto de partida.

Por hablar un poco de su realización, la intención era retratar unos fabulosos tomates que mi marido me trajo de una huerta. Nadie los reclamó y acabaron en casa. Unos fabulosos tomates. Esto trae a colación el asunto de la naturalidad, de la naturaleza y sus formas, y de la naturalidad. Desde hace un tiempo he arrastrado este pensamiento, el de dibujar la naturaleza, el de encontrar formas en su visión. Esto no se hace con una intención, esto surge, lo sé. Pero no ha sido hasta hace unas semanas que he comprendido que mi, digamos, misión en el dibujo, la pintura o la escritura quiere estar adscrita a esa naturalidad de las formas de la naturaleza y por ende a dejarse llevar, dejarse enseñar por ellas en su observación, en su compañía. También quiere estar adscrita a la naturalidad de dejarse ver, porque no importa si el resultado es bueno como la experiencia de haberlo vivido. Lo demás llega después, si llega.

La particularidad de este apunte en acuarela, aparte de los tomates de huerta, es que proyectan la sombra de tres fuentes de luz. Fue bonito descubrir las formas geométricas que se cruzaban y solapaban en la sombra. De tal modo que quise dejarlo sobre un fondo blanco impoluto. Me interesaba poco el contexto.